Los viejos “fisiólogos” helenos, es decir, los observadores de la naturaleza que buscan las causas del mundo real, la razón y el origen de las cosas, escribieron poemas cosmogónicos, parcos y hondos, que crean la filosofía occidental. En ellos pretenden establecer los cimientos de todo, sentar los fundamentos de la realidad perceptible. Nace de este modo la teoría de los elementos, sustancia y armazón íntima de todos los objetos, que son la materia original del cosmos. A nadie son ajenos los nombres de Tales y Anaxímenes, Heráclito y Parménides: del agua al aire y del devenir al ser, forman los polos de la teoría y la especulación occidental. Antes de Sócrates, preocupado por el problema del hombre, estos pensadores fundan la ciencia y la reflexión y lo hacen en fórmulas poéticas y en sentencias deliberadamente compactas hasta que el último, Parménides, escribe un extenso himno a la inteligencia que no es sino el ser.Esta noble tradición presocrática – unión de pensamiento y forma poética – ha dejado huellas a lo largo de la literatura de occidente y no es raro, ni en extremo difícil, hallar su influjo en Lucrecio, directo y cercano, o en Eliot, tan remoto y sesgado. El romanticismo se alejó voluntariamente de la reflexión para entregar al sentimiento los sentimientos de una fórmula para conjurar al mundo. Las actitudes que derivan del gesto romántico, muchas y muy varias, descartan el raciocinio en pro de una mirada atenta que sepa reproducir la configuración subjetiva de lo real. Ni la repetición especularmente fiel que siguió a esta tendencia, ni la supuesta escritura ”automática” del surrealismo y sus correlatos directos se ocuparon de esta lucidez olvidada.
Valéry volvió a hacer creíble el poema de la inteligencia al reivindicar su función iluminadora. En los griegos, sus ancestros directos, aunque lejanos, supo celebrar también el despliegue del lenguaje como valor por sí y en sí: Píndaro lo sedujo, pero él creó a Eupalios y a Monsieur Teste. Solidario de esta actitud, alentado por esa disposición ordenada del mundo, por esta interpretación de lo natural, seducido por las posibilidades poéticas de la teoría de los elementos, pilares capitales para la erección de lo real, gérmenes de una fisiología que distribuye estos cuatro motores del mundo físico en otras tantas estructuras del carácter, convertidas en disposiciones de la contextura moral, que tienden un puente entre lo cósmico y lo humano, Arturo González Cosío blande su poema Los elementos para lograr un reconocimiento de la naturaleza, pero también como una especie de clave órfica destina a encontrar la concatenación y el nexo que media entre los seres y el acontecer. Su escritura, a veces osca por medular, busca los vínculos que tienen significación y, al encontrarlos, dibuja el puente poético que los comunica:
Los confines esconden tesoros
en las orillas arcoíris…
en las orillas arcoíris…
(El fuego, Veneno de luz y ausencia, IV, p.10)
…rayos profundo arrean blancas ovejas…
…la aurora boreal se vuelve ocaso,
cirios dispersos brillan al viento,
fosforescentes peces urden redes invisibles,
en secretas y mínimas lámparas votivas.
…rayos profundo arrean blancas ovejas…
…la aurora boreal se vuelve ocaso,
cirios dispersos brillan al viento,
fosforescentes peces urden redes invisibles,
en secretas y mínimas lámparas votivas.
(Ibidem, V, p. 11)
Pero debe definir, delimitar, para que estos elementos estructuradores tengan sentido y dinamismo, el dinamismo del que gozan en la realidad. Elige para ello el aparentemente menos sutil, la tierra:
(La tierra, Linaje de arcilla, I, p. 15)
(El agua, Testimonio del mar, II, p. 21)
A través de la contemplación de lo que Baudelaire podría llamar las “correspondencias”, González Cosío establece, en diferentes planos naturales, el deslumbramiento que siente ante el mundo, en el que se va insertando cada vez con mayor énfasis, porque no sólo se descubre a sí mismo, sino que va descifrando su congruencia en el concierto del todo, la imbricación personal y la necesidad de su presencia. Un lector hermético atisbaría, en esta parte, el espíritu, el sentido y raíz de lo equiparable, de lo conmensurable en los niveles cósmico y antropológico. Le daría nostalgia de la Tabula smaragdina.
Desde un nivel,
oscuro y abrupto continente,
mide el hombre la doble
dimensión del aire,
orilla del adentro y del afuera…
La tierra con hendiduras
de piel reseca,
se labra ella misma,
pezuña de inmenso buey
eterno y poderoso.
Es el laberinto donde el tiempo
Busca el hilo perdido en el origen,
Fruto que desanda las ramas del éter.
Pero debe definir, delimitar, para que estos elementos estructuradores tengan sentido y dinamismo, el dinamismo del que gozan en la realidad. Elige para ello el aparentemente menos sutil, la tierra:
Su ritual es pétreo,
Su prédica de arrecifes,
Acantilados y tormentas.
Escribe con terremotos
Y cataclismos su biografía.
Su prédica de arrecifes,
Acantilados y tormentas.
Escribe con terremotos
Y cataclismos su biografía.
(La tierra, Linaje de arcilla, I, p. 15)
(Ibidem, V, p. 17)
En la Tierra, entidad celeste en que el hombre tiene su morada (y el hombre es el referente privilegiado, único, del tiempo), la temporalidad que le es inherente trata de reflejarse en su propio espejo, haciendo a un lado las vinculaciones cósmicas: este planeta es habitáculo natural de nuestra raza y en él tenemos el sitio que nos corresponde. Pero también el agua, metáfora de las galaxias, símil del océano espacial, integra al ser humano con su entorno, lo refuerza en su dimensión verdadera. El agua es ingrediente del cuerpo y tregua para la sed; no puede sernos ajena:
El horizonte del mar
es de azogue,
giro de alas en acecho,
gaviota en el azul del aire.
…El canto de las aves y los arrecifes
limitan la inmensidad
en el diáfano mediodía.
Mientras el hombre sueña
con el círculo del agua.
En la Tierra, entidad celeste en que el hombre tiene su morada (y el hombre es el referente privilegiado, único, del tiempo), la temporalidad que le es inherente trata de reflejarse en su propio espejo, haciendo a un lado las vinculaciones cósmicas: este planeta es habitáculo natural de nuestra raza y en él tenemos el sitio que nos corresponde. Pero también el agua, metáfora de las galaxias, símil del océano espacial, integra al ser humano con su entorno, lo refuerza en su dimensión verdadera. El agua es ingrediente del cuerpo y tregua para la sed; no puede sernos ajena:
El horizonte del mar
es de azogue,
giro de alas en acecho,
gaviota en el azul del aire.
…El canto de las aves y los arrecifes
limitan la inmensidad
en el diáfano mediodía.
Mientras el hombre sueña
con el círculo del agua.
(El agua, Testimonio del mar, II, p. 21)
A través de la contemplación de lo que Baudelaire podría llamar las “correspondencias”, González Cosío establece, en diferentes planos naturales, el deslumbramiento que siente ante el mundo, en el que se va insertando cada vez con mayor énfasis, porque no sólo se descubre a sí mismo, sino que va descifrando su congruencia en el concierto del todo, la imbricación personal y la necesidad de su presencia. Un lector hermético atisbaría, en esta parte, el espíritu, el sentido y raíz de lo equiparable, de lo conmensurable en los niveles cósmico y antropológico. Le daría nostalgia de la Tabula smaragdina.
Desde un nivel,
oscuro y abrupto continente,
mide el hombre la doble
dimensión del aire,
orilla del adentro y del afuera…
(El aire, Litoral de la imagen y el espejo, I, p. 27)
Con intención limitativa muy clara, González Cosío ha identificado a este elemento con el cuerpo celeste: necesita un suelo bajo los pies, un correlato firme para el hombre, un asidero. No es conveniente la expansión, que nos conduciría a la irreferencia, sino el lindero, para que el poeta enuncie: En el aire, elemento de peligrosa ligereza, González Cosío sitúa, con feliz hallazgo verbal, la compacidad del espacio. En este elemento invisible, de corporeidad molusca, anfibia, tiene lugar la geometría, allí cumple sus rituales el tamaño y la dimensión expulsa o acoge. El poeta puede reflejarse en el cielo nocturno, en busca d estrellas: transparente, inasible y huidizo, es al mismo tiempo el vehículo y la ruta, la materia y la meta. Al final de este gran tropo, en el momento en que es necesario detener la reflexión, conducida por la palabra poética, que la integra y la hace congruente, González Cosío añade un epílogo que es recapitulación y movimiento concluyente.
Ernesto de la Peña
González Cosio, Arturo. Los elementos. Poema. UNAM, México 1993. pp. 43-46
La tierra con hendiduras
de piel reseca,
se labra ella misma,
pezuña de inmenso buey
eterno y poderoso.
Es el laberinto donde el tiempo
Busca el hilo perdido en el origen,
Fruto que desanda las ramas del éter.