En nuestros días, para justicia
del género humano, las mujeres se desempeñan en cualesquiera actividades y en
numerosas ocasiones logran triunfos que, confesémoslo, se les habían escatimado
en tiempos pretéritos. Desde la antigüedad prehistórica se vio fundamentalmente
en la mujer la facultad de ser fecundada. La famosa estatua llamada la Venus de
Willen-dorf, que data de hace unos 22,000 años, está llena de adiposidades en
los senos y en el vientre, que remata en una apenas insinuada apertura vaginal,
y es una muestra cabal del papel que desempeñaba la mujer en aquellos días
remotos. El arte primitivo, como vemos, expresaba sobre todo la función sin
ninguna intención estética.
Pero para nuestra fortuna, no
siempre se aprecio de manera exclusiva este aspecto y. como era de justicia, se
la elevo a categorías supremas por la belleza física, la delicadeza y la complementariedad
que representa para el hombre. La dama de Elche es una muestra de una especie
de divinidad femenina de una hermosura que ha superado los siglos. Aunque se
ignore con precisión la fecha y el sentido del busto, la herencia que recibimos
es un mensaje de belleza y misterio simultáneamente.
Mi plática, que me atrevo a
pronunciar ante distinguidos ginecólogos no tiene otro propósito que poner de
relieve dos cosas: ciertos aspectos médicos antiguos, sobre todo griegos, y el
empeño continuo de la mujer por conquistar un sitio de igualdad junto al
hombre. De allí el título: ginecología y feminismo. Si la primera disciplina se
ocupa de los problemas médicos inherentes a las mujeres, es decir. Se mantiene
en el terreno científico, la lucha continua del sexo femenino ha sido una
especie de carrera de obstáculos a partir del momento, cronológicamente desconocido,
en que el matriarcado fue sucedido por el patriarcado.
Que solo se vea en mi intento el
interés humanístico que despierta en mí la posición correlativa de mujer y
hombre en las sociedades antiguas, modernas y contemporáneas, aunque bien
sabemos por experiencia cotidiana que en la actualidad no hay sitio vedado para
mujer alguna. Pero precisamente por el desequilibrio que padecieron durante
muchos siglos, el asunto toca tanto a la historia como a la sociología y ya en
el terreno científico, a la ginecología y la obstetricia.
Fanereta. La madre de Sócrates,
era comadrona y el arte que ejercía se
llamaba mayéutica. De allí que el gran filosofo, tomando el nombre
técnico de la profesión materna, lo empleo para denominar a su procedimiento de
averiguación de la verdad. Se trataba, como si se asistiera a un parto, de
extraer del interior de sus contertulios la opinión que tenían sobre diversos
temas. Así pues que, en el terreno de la filosofía más ilustre, se ve inundado
el campo femenino; las ideas van a surgir del cerebro humano de la misma manera
que el producto brota del vientre fecundado. De una vez por todas quiero dejar
sentado que, a pesar de que en la vida cotidiana de la antigüedad, la mujer
fuera postergada, el concepto general que se tenía de ella no era de ninguna
manera de un ser inferior: se trataba simplemente de que la mujer tenía
capacidades especificas para ciertas tareas que Ir competían y que el hombre no
podía desempeñar.
Con el decurso del tiempo ha
quedado de sobra demostrada la gran capacidad que pueden tener las hembras para
la especulación filosófica, las labores sociales, las matemáticas y las
ciencias en general. Solo quiero citar un caso de los tiempos modernos: Marie
Curie, una de las luminarias de las ciencias exactas que mereció recibir dos
veces el premio Nobel. Grecia dio a luz una resplandeciente mitología en la que
estaban representadas las mujeres en sitios eminentes. Hera, cónyuge de Zeus,
prevalece en el panteón de la gentilidad. Su nombre latino, Juno, la confirma en
ese sitial. Otras diosas ilustres son
Afrodita, cuyos favores buscaban y seguimos buscando todos los hombres, era la
suma de la belleza y la fascinación. Artemisa, originalmente diosa de la
cacería y de la fauna salvaje, también ayudaba a las mujeres en los partos; era
deidad tutelar de la virginidad y las jóvenes se acogían bajo su protección
como si se tratara de la más eminente ginecóloga. Otra diosa, Higia, presidia
la salud y los médicos se encomendaban a ella. Por ende, desde las deidades
olímpicas hasta las mujeres comunes, el sitio que ocupaba esta mitad de la
humanidad no era despreciable. Sin embargo, en la vida cotidiana el sexo bello
tenía muy coartadas sus libertades porque los hombres consideraban que su papel
exclusivo residía en las labores domesticas y el cuidado de los hijos. No
tenían acceso a la educación y a partir de Filon de Alejandría, el erudito
judío de lengua griega, se les atribuyo en exclusiva la sensibilidad, en tanto
que al hombre se lo distinguía con el intelecto.
Toda sociedad humana es, por
definición, contradictoria y la griega no
escapa a esta regla. Platón, quizás e1 más grande filosofo de la
humanidad, eligió a la semidivina
Diótima de Mantinea para elevar el amor sexual a la categoría de pasión divina.
La mujer. Por consiguiente, es merecedora del amor espiritual, que conlleva naturalmente una
admiración sin límites y un respeto
equivalente.
En la Provenza del siglo XII esta
adoración por la mujer fructifico en grandes poemas y en una actitud humana muy
digna de recordar: los caballeros sin tacha que se lanzaban a las grandes
aventuras y a realizar proezas nunca vistas para enaltecer de este modo a su
amada. En el propio don Quijote de la Mancha encontramos, con un sesgo de
ironía, la misma actitud: al Caballero de la Triste Figura le tiene sin cuidado
el aspecto físico de Dulcinea y es capaz de desmentir con las armas a quien
hable mal de ella. ¿Y que era Dulcinea en la vida real? Había sido porqueriza,
esto es, era una mujer zafia y vulgar, pero el señor Quijano, si este fue el
verdadero nombre del héroe. Se enamorisque de ella y tiempo más tarde la
inmortalizo con sus obras. La Beatriz de Dante o la Laura de Petrarea son otros
ejemplos del idealismo masculino que eleva a la mujer a categoría propiamente
metafísica.
El Alighieri la eleva a tal
altura que su amada tiene derecho a mostrar de algunos cielos, aunque debe
ceder: el puesto al mistico San Bernardo. Los sonetos; de Petrarca siguen
conmoviendo. En pleno, siglo XXI, para cualquier ser humano de sensibilidad
despierta. El elogio a la mujer no se ha escatimado jamás. En las artes en
general el sexo femenino ocupa un lugar de privilegio. Pero no se acaban aquí
las excelencias de todo tipo que se atribuyen a las mujeres: el alma misma, a
la que los griegos atribuyeron inmortalidad inherente a la misma, fue femenina.
¿Donde se encuentra. Pues, el papel menor que las mujeres desempeñan en la
sociedad?
En lo que actualmente se llamaría
"derechos humanos". La limitación fundamental de las mujeres en la
antigüedad, con muy escasos ejemplos de excepción, como Safo e Hipatia; era la
dependencia, porque Vivian la vida social sin la plena libertad que merecían,
aunque fuera a costa de soportar obligaciones y atribuciones iguales a las de
los hombres. Sin embargo, en los dos ilustres casos que he citado, el desenlace
es trágico. La gran poetisa Safo, una de las glorias de la lirica griega,
parece haber tenido amores con otro poeta importante, Alceo, pero también la
fama póstuma la ha acusado de relaciones homosexuales y en la actualidad decir
lesbiana (de Lesbos provenía esta mujer) suele ser peyorativo. En otra versión,
también dudosa, la gran escritora se suicida por sus cuitas amorosas. Y esta
autoinmolación se atribuye a un hombre. El genio deslumbrante de Hipatia, extraordinaria
matemática y científica alejandrina mereció la envidia de un fanático cristiano
que no tuvo; empacho en azuzar a otros, tan indignos como el, y lanzar sobre la
genial mujer una jauría de perros bravos que la despedazaron. Estos negros
antecedentes siguen pesando sobre las buenas conciencias. Y mejor no aludir
siquiera a las ablaciones de que son víctimas las mujeres en algunos países
islámicos. Pero por su parte, la ciencia médica, encabezada por Hipócrates y su
escuela, dedico muchos desvelos al estudio del funcionamiento del cuerpo
femenino, tan diferente del nuestro. No lo podemos separar de las ideas
prevalecientes en su tiempo, aunque verdaderamente haya sido del todo
científica la actitud del llamado padre de la medicina.
Hasta podría decirse que en sus escritos hay
ocasionalmente ciertos rastros de consejas populares. La menstruación, por
ejemplo, fenómeno fisiológico que no aqueja a los hombres, fue de inmediato
objeto de su estudio. Pero cuando los médicos antiguos observaron la periodicidad
del menstruo. La cotejaron de inmediato con el ciclo lunar y le dieron un
nombre derivado de los días que separan entre sí a las lunaciones: mes en
griego, se dice (men-menos) de donde
deriva el latín mensis y aunque los periodos no duren exactamente todo ese
ciclo, la recurrencia del sangrado en la mujer tomó su nombre de allí.
Nace entonces una suposición
poéticamente valida, pero falsa en la realidad: la íntima trabazón de las
mujeres con la luna y la luna, hay que recordarlo, es arma de dos filos. No en
balde a alguien que no está en sus cabales se le dice lunático. Una de las
advocaciones fundamentales de la luna en la antigüedad, Hécate, era diosa
nefasta y asesina. Así iremos encontrando en esta plática que lamento que sea
tan desordenada, diversos ejemplos en pro y en contra de las mujeres. Sin
embargo, Hipócrates y la escuela hipocrática dedico muchos desvelos a conocer
mejor a la mitad femenina de la humanidad.
Del abundantísimo conjunto de escritos
atribuidos a Hipócrates extraigo un caso interesante: "En Ia ciudad de
Larisa, una muchacha sufrió una fiebre ardiente y viva; tuvo insomnio y padeció
sed: tenia la lengua áspera y seca, la orina de buen color, pero tenue. Al
segundo día padeció un malestar general e insomnio. Al tercero tuvo deposiciones
abundantes y acuosas, color de hierba:
las mismas evacuaciones se repitieron los siguientes días acarreando consigo
cierto alivio. El cuarto día, la enferma orino tenuemente y en pequeña
cantidad, pero durante la noche padeció alucinaciones. A los seis días se le
presento una epistaxis abundante y. después de un escalofrió, sudo en
abundancia un sudor caliente general: se retiro la fiebre y se evaluó la enfermedad.
Durante la fiebre e incluso después de la crisis, las menstruaciones
continuaron: era la primera vez porque
esa muchacha no era núbil. En todo el curso enfermedad padeció nauseas,
calosfríos, el rostro presentaba rubicundeces, le dolían los ojos y sentía la
cabeza pesada. Está enferma no tuvo recidiva, pero la solución fue definitiva:
los sufrimientos se representaban en los días pares. (Tratado de las epidemias
III)”
El método científico de la
observación sistemática de la evolución de una enfermedad aparece aquí en todo
su esplendor. Como puede observarse, Hipócrates procedía con sumo cuidado y
estaba siempre pendiente de la evolución del padecimiento. Hay desde luego, una
buena dosis de empirismo en sus diagnósticos. De cualquier manera a el se debe
la conversión de tratamientos fruto del azar hacia una disciplina
verdaderamente científica. También en sus escritos encontramos las primeras
formas del pronóstico medico, como por ejemplo cuando dice: "Algunas veces
hay nubecillas que aparecen en la orina: se han de considerar buenas si son
blancas, pero si son negras son nocivas". (Libro de los pronósticos.
XXIX).
Para Sorano de Efeso, uno de los
grandes ginecólogos de la historia, el único sistema valido de diagnostico de
las enfermedades femeninas era el tratamiento directo del padecimiento, más que
el estudio de la etiología del mismo. Por ello se lo llama fundador de la
escuela metódica, ya que definió su profesión diciendo "la medicina solo
es el conocimiento de generalidades evidentes''. Se enfrentaba por igual a los
empiristas, guiados solo por la práctica cotidiana, como a los dogmaticos que
elaboraban doctrinas de índole general que en algunas ocasiones no tenían
aplicación a la mujer. Si no estoy equivocado, esta pugna de vista contrarios
respecto a la materia médica sigue vigente. Sin embargo, la experimentación.
Los análisis y los aparatos cada día mas precisos y refinados han ido haciendo
a un lado todo lo azaroso que tenía un diagnostico clínico que se basaba más
que nada en el buen ojo del galeno.
Hemos hecho una búsqueda detenida
del instrumental médico ginecológico de la antigüedad y para un neófito como yo
parece tratarse de la antesala de la cámara de tortura de cualquier inquisidor.
Podría decir que se trata de las celdas en que se refocilaban en el dolor ajeno
monstruos morales como Giles de Raíz, que origino la leyenda de Barba Azul, la
tristemente célebre condesa Erzsebet Bathory, apodada la Drácula húngara y el
no menos cruel rey Ferrante de Nápoles. Que se recreaba infligiendo el mismo
los castigos en los más-morra de sus castillos.
Creo que las imágenes habían por
sí mismas con mayor elocuencia que yo. El titulo de mi plática es ginecología y
feminismo. Algún dato más o menos curioso quizás puedan ustedes encontrar en lo
que llevo dicho. No quiero dejar de subrayar, por ejemplo, que el más famosos
tratadista de medicina de la roma tardía. Celso era en realidad un
enciclopedista que se ocupo de otros muchos asuntos lejanos del arte de curar.
Galeno, por su parte, tuvo una suerte similar a la de Américo Vespucio, pues su
nombre se ha hecho sinónimo de médico, postergando al creador de la disciplina
científica, Hipócrates. el padre. La suerte preside los destinos de todos los
seres humanos y ni siquiera los genios pueden escapar de sus veleidades.
Ahora bien, mucho antes de la
sufragistas, a caballo entre los siglos XIV y XV, una notable escritora de
origen veneciano, pero de lengua francesa. Cristina de Pizan, lucha para
reivindicar con inteligencia y cultura el sitio de respeto, equidad y espíritu
de colaboración que debe privar en la relación entre los dos sexos. Su libro,
llamado “La ciudad de las damas'' parece acabado de escribir: sin tapujos ni
miedos acomete temas como la violación, el derecho de las mujeres al
conocimiento y la igualdad de los dos géneros en que la humanidad está
dividida. Es más, utopista antes de Moro, erige esa privilegiada ciudad
exclusivamente femenina que ni siquiera las mujeres de nuestros días han
ideado.
Bajo tan ilustres auspicios
hablaré de temas femeninos. ¿Qué tipo de ciudad es el que propone Cristina de
Pizán? Educada en la corte de Francia y propensa al estudio de la antigüedad,
su cultura es muy amplia y gracias a este hecho hace una propuesta
verdaderamente conmovedora y original: asesorada por tres deidades, la Razón,
la Derechura u Honestidad y la Justicia puede percibir como la verdad sufre en
labios de los hombres y tras enumerar muchos casos de mujeres ilustres en todas
las ramas de la actividad humana, las diosas deciden orientarla en la
construcción de la Ciudad de las Damas. A pesar de su alcurnia, no vacilan en
ayudarla con el mortero y la pala, el nivel y la llana. Sera una ciudad de
altas y broncineas torres y solo podrá albergar a quienes merezcan tanto honor.
A lo largo de este libro. La autora despliega una rara erudición al ir
mencionando casos diversos de mujeres ilustres. Finalmente, llega el momento en
que debe inaugurarse tan insólito monumento. Y Cristina dice:
"A lo largo de las anchas
calles de la ciudad de las damas ya se levantan altos edificios. Magnificas
mansiones y palacios, tan altas torres y atalayas que pueden divisarse desde
lejos. Ahora es tiempo de poblar esta noble ciudad para que no se quede vacía
como una villa muerta. Al contrario. Esta toda ella habitada por mujeres y de
gran merito, porque son las únicas que queremos aquí. ¡Que felices vivirán las
damas de nuestra ciudad! No tendrán quo temer ser expulsadas por ejércitos
extranjeros. Porque la obra que hemos ido construyendo tiene una propiedad
especial la de ser inexpugnable. Ahora empieza la era del nuevo reino de
femineidad, muy superior al antiguo reino de las amazonas, porque las damas que
habiten aquí no tendrán que marcharse para concebir y dar a luz a nuevas
herederas que mantengan sus posesiones y perpetuán su linaje. Quienes se alojen
aquí, ahora, vivirán en esta ciudad eternamente”. (XII).
Ciudad utópica y deseable. Justa
y amena, la de Cristina de Pizan es un acabado ejemplo del humanismo
prerrenacentista y es la primera llamarada de un feminismo articulado e
inteligente. Lo más agudo y sutil de su proposición es precisamente la
idealidad de tal ciudad. Al iniciar el proyecto se conviene en que el
ingrediente principal de la construcción será la tinta. Nada más claro y contundente.
Es una fabrica ideal, un refugio para los sueños, pero no solo de las mujeres,
ya que la réplica de una sociedad perfecta o casi perfecta llego poco tiempo
mas tarde en la pluma de Tomas Moro: la Utopía. De manera que la primera forma
importante que alberga el Medievo acerca de la posibilidad siempre a la mano,
pero siempre remota, de que podamos convivir en paz, proviene de una mujer
iluminada.
Pero ¿cómo no remontarnos un poco
antes de esta excepcional mujer para tributar nuestro homenaje a uno de los
seres humanos de más altos privilegios y más variadas capacidades? Hildegard
von Bingen, la Sibila del Rin, podría ella solo llenar todo un capítulo de la
excelsitud de la edad media. Fundadora de conventos, asesora política de los
poderosos, botánica, zoóloga, naturalista en general, fue también filósofa,
música y mística. Es muy difícil, si no imposible, encontrar otro espécimen de
esta envergadura. Para fortuna de la
humanidad lego un abultado conjunto de escritos y de incomparables obras
musicales. En sus visiones arrebatadas. Sentía sobre ella el poder irrebatible
de Dios y al obedecerlo escribía sus obras literarias incomparables y componía
música de trascendencia extraordinaria. Uno de sus escritos, llamado Scivias,
es decir "Conoce los caminos" es una enciclopedia medieval. Puede
decirse de ella, como de otras dos mujeres que voy a mencionar a continuación
para no alargar excesivamente mis palabras, que son honra y prez del género
humano.
Teresa de Cepeda y Ahumada, mejor
conocida como Santa Teresa de Ávila. Escribió en un español de extraña pureza y
reciedumbre muchas obras que atañían a sus intereses de monja, Pero su poesía,
fluyente y sencilla, encierra verdades místicas trascendentes:
Vivo sin vivir en mí
Y tan alta vida espero
Que muero porque no muero.
Teresa de Ávila concibió también un reducto de
paz para el alma: las Moradas Interiores, obra impar solo comparable con los
delirios místicos de San Juan de la Cruz, El místico es un prófugo que vive en
el mundo sin saber qué camino tomar. Teresa marca pautas y dice: “No habéis de
entender; hermanas, que siempre en un ser están estos efectos que he dicho en
estas almas que por eso adonde se me acuerda digo lo ordinario; que algunas
veces las deja nuestro Señor en su natural, y no parece sino que entonces se
juntan todas las cosas ponzoñas del arrabal y moradas de este castillo para
vengarse de ellas por el tiempo que no las puedan haber a las manos. Verdad es
que dura poco: un día lo más, o poco más; y en este gran alboroto, que procede
lo ordinario de alguna ocasión, se ve lo que gana el alma en la buena compañía
que está, porque la da el Señor un gran entereza para no torcer en nada de su
servicio y buenas determinaciones, sino que parecen le crecen, y por un primer
movimiento muy pequeño no tuercen de esta determinación.”
Acosada por las tentaciones, la
santa sabe triunfar y trazar la línea que deben seguir sus adeptas para
encontrar la vía a Cristo. Por estos escritos iluminados y por las muchas
fundaciones que hizo, Teresa de Ávila es doctora de la Iglesia. No solo eso: su
autobiografía, sus poemas y algunas simples recomendaciones disciplinarias
forman parte de la gran literatura española.
No quiero terminar mis palabras
que, a fin de cuentas, se han convertido en una incendiada apología de los
meritos femeninos, sin mencionar a una de las glorias más limpias y brillantes
de nuestro pretérito. Juana de Asbaje y Ramírez de Santillana, cuyo nombre
claustral es sor Juana Inés de la Cruz asombro a propios y extraños con su
precoz sabiduría enciclopédica. Hermosa, inquieta. De una mentalidad
sorprendentemente ágil. Quizás por una decepción amorosa o algún hecho similar,
decidió tomar los hábitos de San Jerónimo y profesar en su convento. La
inquietud intelectual de sor Juana estuvo siempre tan despierta y tan ávida de
nuevos conocimientos que ella misma confiesa que no le daba tregua, que incluso
cuando estaba desempeñando por obediencia alguna labor menor. Como batir
huevos. Comenzaba a especular porque leyes físicas se daban las transformaciones
consistentes en la mezcla de la clara y la yema. Un tema tan baladí y otros
similares estimulaban su genio de amplitud enciclopédica. En su celda del
convento llevo una activa vida social y del celo ferviente con que participo en
obras de caridad tenemos el doloroso testimonio de su propia muerte a causa de
la peste.
Lo más popular de sor Juana, y con sobrada
razón, es su poesía que empleaba lo mismo el español que el náhuatl o el latín.
En pleno siglo XVII, cuando el soneto campeaba por sus fueros en todo el mundo
de habla española, los de sor Juana son modelo de perfección y atildamiento. No
hablemos de sus disquisiciones acerca de cuál fue la mayor finura de Cristo
porque no sumergiríamos en una inacabable disquisición teológica. Pero si hay
que recordar que su refinado pero aguerrido Feminismo nos dejo las celebres
Redondillas, acusación lógicamente irrecusable de las acechanzas del hombre a
la mujer. La dimensión de su genio se encuentra expresa en uno de los poemas
más excelsos de la lengua española: el primer sueño, especulación cósmica cuyos
polos son el hombre y la infinitud. No vacilo en afirmar que este poema tiene
la misma talla de monumentos liricos tan grandes cono el canto general de
Chile, de Pablo Neruda, Alazor, de Vicente Huidobro, o muerte sin fin de Jose
Gorostiza, sin omitir. Por supuesto. Piedra de sol. De Octavio Paz. He señalado
algunos de los momentos cúspides del talento de las mujeres. Solo me queda
añadir que, independientemente de su realización vocacional o profesional, como
compañeras de nuestra vida son insustituibles. Rile decía que el matrimonio
perfecto es la convivencia de dos soledades que se respetan recíprocamente.
Tenía razón y ese es el ideal humano.