Ernesto de la Peña, semblanza

Es miembro del Consejo de Ópera del instituto Nacional de Bellas Artes, del Consejo Consultivo del Archivo General de la Nación y de la Fundación Televisa, Premio Nacional de Ciencias y Artes 2003, en el campo de la Lingüística y Literatura, y Premio Alfonso Reyes 2008. Ernesto de la Peña estudió Letras Clásicas en la Facultad de Filosofía y Letras de la UNAM, institución donde destacó por sus estudios sobre filosofía presocrática, filosofía de la ciencia y lingüística indoeuropea. Conoce unas 30 lenguas, entre ellas: árabe, hebreo, sánscrito, latín, griego y chino.
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A lo largo de su vida destaca su interés por el estudio de la Biblia. Fue traductor oficial de la Secretaría de Relaciones Exteriores y de la Secretaría de Hacienda y Crédito Público. Mientras que su labor de difusión cultural has sido amplia, ha trabajado largo tiempo para la televisión y la radio culturales. Actualmente colabora en Opus 94 del Instituto Mexicano de la Radio (IMER) donde se transmiten sus programas "Al Hilo del Tiempo", "Música para Dios" y "Testimonio y Celebración".
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Obra

-Don Quijote: la sinrazón sospechosa. Consejo Nacional para la Cultura y las Artes, México. 2005.
-El centro sin orilla. Consejo Nacional para la Cultura y las Artes, México, 1997.
-El indeleble caso de Borelli. Siglo XXI, México, 1991.
-Kautilya, o el Estado como mandala. Pórtico de la Ciudad de México. 1993.
-La función del libro en la era electrónica", La lengua española y los medios de comunicación, Siglo XXI-Secretaría de Educación Pública-Instituto Cervantes, México, 1998, t. 1, pp. 157-159. Semiótica, Pragmática y Análisis del Discurso. Español.
-La rosa transfigurada. Fondo de Cultura Económica, México, 1999.
-Las controversias de la fe. Aguilar, México
-Las estratagemas de Dios. Editorial Domes, México, 1988
-Las máquinas espirituales. Ed. Diana, México, 1991.
-Los Evangelios de Mateo, Marcos, Lucas y Juan, traducción directa del griego al español. México, 1996.
-Mineralogía para intrusos. Vuelta 163, 28 junio de 1990
-Palabras para el desencuentro. Fondo de Cultura Económica, México, 2007 (Edición especial con motivo del 80 aniversario del autor)
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TRADUCCIONES
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Ha vertido al español a poetas como Valery, Nerval, Mallarmé, Hölderlin, Novalis, Rilke, Milosz, Ginsberg, entre otros; algunas de las versiones se publicaron en revistas literarias. Tradujo todo el texto de Anaxágoras y algunos de Hipócrates. En la actualidad, prepara una recopilación de sus poemas, una novela y un ensayo sobre Marcel Proust y algunos ensayos más, sobre cuestiones humanísticas.

Orígenes y Herencias - Viajes

Orígenes y Herencias - La Novela

Operomanía V - Las Bodas de Fígaro, Wolfgang A. Mozart

Operomanía IV - Don Carlo, Giuseppe Verdi

Operomanía III - Turandot, de Giacomo Puccini

Declaran Tesoros Nacionales a Nishizawa, De la Peña y Contreras

Luis Nishizawa, Ernesto de la Peña y Guillermo Contreras fueron reconocidos, la víspera, por el Instituto Nacional de Antropología e Historia (INAH) como Tesoros Nacionales, por la trascendencia de su obra y su presencia en la escena artística y cultural del país. La distinción les fue hecha en una ceremonia realizada en las instalaciones de la Casa de Cultura de Metepec, en el marco del XVIII del Festival Internacional de Arte y Cultura Quimera, inaugurada ayer. Luis Nishizawa, de padre japonés y madre mexicana, nació en Cuautitlán, Estado de México, en 1918. Es miembro del Sistema Nacional de Creadores del Consejo Nacional para la Cultura y las Artes, Maestro Emérito y Doctor Honoris Causa por la Universidad Nacional Autónoma de México. Sus trabajos son muestra de tendencias que van desde el muralismo hasta el abstraccionismo absoluto y la semifiguración poética, y ha dominado varias técnicas: dibujo, grabado, fresco, cerámica, óleo y temple. Guillermo Contreras es coordinador de investigación del Centro Nacional de Investigación, Documentación e Información Musical “Carlos Chávez”, e investigador del Instituto Nacional de Bellas Artes (INBA). Es músico, investigador y maestro con más de 25 años de experiencia. Ha reunido más de cuatro mil instrumentos de casi todas las épocas históricas de Europa, Asia, Africa, América y México. Entre los instrumentos prehispánicos cuenta con una variedad de teponaxtles de prácticamente todas las culturas prehispánicas, ocarinas, silbatos, sonajas, caracolas, palos de lluvia, cascabeles, huehues y flautas. Ernesto de la Peña, considerado uno de los 17 sabios del fin de milenio, recibió en 2003 el Premio Nacional de Ciencias y Artes en el campo de la Lingüística y Literatura. Cursó la carrera de Letras Clásicas en la Facultad de Filosofía y Letras de la Universidad Nacional Autónoma de México; allí mismo estudió a los filósofos preso críticos, filosofía de la ciencia, lengua árabe, sánscrito y lingüística indoeuropea. Es un profundo conocedor de La Biblia y entre los libros que ha publicado se encuentran “Las estratagemas de Dios” (Premio Xavier Villaurrutia), “Las máquinas espirituales”, “El indeleble caso de Borelli”, “Las controversias de la fe” y “La rosa transfigurada”. También en el marco del Festival Quimera destacó la ceremonia del aniversario del nombramiento de Villa de Metepec, donde el H. Ayuntamiento que encabeza la alcaldesa Ana Lilia Herrera Anzaldo, entregó preseas. Además de reconocimientos a ciudadanos distinguidos del municipio y aquellos que por sus contribuciones al desarrollo de la comunidad y de la propia humanidad a través del arte y su trabajo, son acreedores a la distinción que el pueblo les concede por medio de sus representantes.

Notimex. Metepec, México, 16 de Octubre.

Los Andamios del Mundo

Los viejos “fisiólogos” helenos, es decir, los observadores de la naturaleza que buscan las causas del mundo real, la razón y el origen de las cosas, escribieron poemas cosmogónicos, parcos y hondos, que crean la filosofía occidental. En ellos pretenden establecer los cimientos de todo, sentar los fundamentos de la realidad perceptible. Nace de este modo la teoría de los elementos, sustancia y armazón íntima de todos los objetos, que son la materia original del cosmos. A nadie son ajenos los nombres de Tales y Anaxímenes, Heráclito y Parménides: del agua al aire y del devenir al ser, forman los polos de la teoría y la especulación occidental. Antes de Sócrates, preocupado por el problema del hombre, estos pensadores fundan la ciencia y la reflexión y lo hacen en fórmulas poéticas y en sentencias deliberadamente compactas hasta que el último, Parménides, escribe un extenso himno a la inteligencia que no es sino el ser.

Esta noble tradición presocrática – unión de pensamiento y forma poética – ha dejado huellas a lo largo de la literatura de occidente y no es raro, ni en extremo difícil, hallar su influjo en Lucrecio, directo y cercano, o en Eliot, tan remoto y sesgado. El romanticismo se alejó voluntariamente de la reflexión para entregar al sentimiento los sentimientos de una fórmula para conjurar al mundo. Las actitudes que derivan del gesto romántico, muchas y muy varias, descartan el raciocinio en pro de una mirada atenta que sepa reproducir la configuración subjetiva de lo real. Ni la repetición especularmente fiel que siguió a esta tendencia, ni la supuesta escritura ”automática” del surrealismo y sus correlatos directos se ocuparon de esta lucidez olvidada.

Valéry volvió a hacer creíble el poema de la inteligencia al reivindicar su función iluminadora. En los griegos, sus ancestros directos, aunque lejanos, supo celebrar también el despliegue del lenguaje como valor por sí y en sí: Píndaro lo sedujo, pero él creó a Eupalios y a Monsieur Teste. Solidario de esta actitud, alentado por esa disposición ordenada del mundo, por esta interpretación de lo natural, seducido por las posibilidades poéticas de la teoría de los elementos, pilares capitales para la erección de lo real, gérmenes de una fisiología que distribuye estos cuatro motores del mundo físico en otras tantas estructuras del carácter, convertidas en disposiciones de la contextura moral, que tienden un puente entre lo cósmico y lo humano, Arturo González Cosío blande su poema Los elementos para lograr un reconocimiento de la naturaleza, pero también como una especie de clave órfica destina a encontrar la concatenación y el nexo que media entre los seres y el acontecer.
Su escritura, a veces osca por medular, busca los vínculos que tienen significación y, al encontrarlos, dibuja el puente poético que los comunica:

Los confines esconden tesoros
en las orillas arcoíris…

(El fuego, Veneno de luz y ausencia, IV, p.10)

…rayos profundo arrean blancas ovejas…
…la aurora boreal se vuelve ocaso,
cirios dispersos brillan al viento,
fosforescentes peces urden redes invisibles,
en secretas y mínimas lámparas votivas.

(Ibidem, V, p. 11)

Pero debe definir, delimitar, para que estos elementos estructuradores tengan sentido y dinamismo, el dinamismo del que gozan en la realidad. Elige para ello el aparentemente menos sutil, la tierra:

Su ritual es pétreo,
Su prédica de arrecifes,
Acantilados y tormentas.
Escribe con terremotos
Y cataclismos su biografía.

(La tierra, Linaje de arcilla, I, p. 15)

Con intención limitativa muy clara, González Cosío ha identificado a este elemento con el cuerpo celeste: necesita un suelo bajo los pies, un correlato firme para el hombre, un asidero. No es conveniente la expansión, que nos conduciría a la irreferencia, sino el lindero, para que el poeta enuncie:

La tierra con hendiduras
de piel reseca,
se labra ella misma,
pezuña de inmenso buey
eterno y poderoso.

Es el laberinto donde el tiempo
Busca el hilo perdido en el origen,
Fruto que desanda las ramas del éter.
(Ibidem, V, p. 17)

En la Tierra, entidad celeste en que el hombre tiene su morada (y el hombre es el referente privilegiado, único, del tiempo), la temporalidad que le es inherente trata de reflejarse en su propio espejo, haciendo a un lado las vinculaciones cósmicas: este planeta es habitáculo natural de nuestra raza y en él tenemos el sitio que nos corresponde. Pero también el agua, metáfora de las galaxias, símil del océano espacial, integra al ser humano con su entorno, lo refuerza en su dimensión verdadera. El agua es ingrediente del cuerpo y tregua para la sed; no puede sernos ajena:

El horizonte del mar
es de azogue,
giro de alas en acecho,
gaviota en el azul del aire.
…El canto de las aves y los arrecifes
limitan la inmensidad
en el diáfano mediodía.
Mientras el hombre sueña
con el círculo del agua.

(El agua, Testimonio del mar, II, p. 21)

A través de la contemplación de lo que Baudelaire podría llamar las “correspondencias”, González Cosío establece, en diferentes planos naturales, el deslumbramiento que siente ante el mundo, en el que se va insertando cada vez con mayor énfasis, porque no sólo se descubre a sí mismo, sino que va descifrando su congruencia en el concierto del todo, la imbricación personal y la necesidad de su presencia. Un lector hermético atisbaría, en esta parte, el espíritu, el sentido y raíz de lo equiparable, de lo conmensurable en los niveles cósmico y antropológico. Le daría nostalgia de la Tabula smaragdina.

Desde un nivel,
oscuro y abrupto continente,
mide el hombre la doble
dimensión del aire,
orilla del adentro y del afuera…
(El aire, Litoral de la imagen y el espejo, I, p. 27)

En el aire, elemento de peligrosa ligereza, González Cosío sitúa, con feliz hallazgo verbal, la compacidad del espacio. En este elemento invisible, de corporeidad molusca, anfibia, tiene lugar la geometría, allí cumple sus rituales el tamaño y la dimensión expulsa o acoge. El poeta puede reflejarse en el cielo nocturno, en busca d estrellas: transparente, inasible y huidizo, es al mismo tiempo el vehículo y la ruta, la materia y la meta. Al final de este gran tropo, en el momento en que es necesario detener la reflexión, conducida por la palabra poética, que la integra y la hace congruente, González Cosío añade un epílogo que es recapitulación y movimiento concluyente.


Ernesto de la Peña


González Cosio, Arturo. Los elementos. Poema. UNAM, México 1993. pp. 43-46

Las tradiciones mexicanas de Día de Muertos

La política de Benedicto XVI

Situación Política en México

Juegos Olímpicos

China

Reflexión sobre el nacimiento de Jesús

Los Reyes Magos

El Amor

El verdadero significado de la Semana Santa

Ningún político defiende al pueblo

El optimismo nacional

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