Nuestra cultura es un país atravesado por dos ríos: uno de ellos nace en Israel, el otro en Grecia. Y los ríos son dos textos fundamentales que alimentan nuestra cultura con ricas historias. Los dos textos fundamentales de la cultura europea son: la Biblia hebrea; la doble epopeya de la invasión de Troya – la Ilíada y la Odisea –:
Dietrich Schwanitz

Ginecología y feminismo

En nuestros días, para justicia del género humano, las mujeres se desempeñan en cualesquiera actividades y en numerosas ocasiones logran triunfos que, confesémoslo, se les habían escatimado en tiempos pretéritos. Desde la antigüedad prehistórica se vio fundamentalmente en la mujer la facultad de ser fecundada. La famosa estatua llamada la Venus de Willen-dorf, que data de hace unos 22,000 años, está llena de adiposidades en los senos y en el vientre, que remata en una apenas insinuada apertura vaginal, y es una muestra cabal del papel que desempeñaba la mujer en aquellos días remotos. El arte primitivo, como vemos, expresaba sobre todo la función sin ninguna intención estética.
Pero para nuestra fortuna, no siempre se aprecio de manera exclusiva este aspecto y. como era de justicia, se la elevo a categorías supremas por la belleza física, la delicadeza y la complementariedad que representa para el hombre. La dama de Elche es una muestra de una especie de divinidad femenina de una hermosura que ha superado los siglos. Aunque se ignore con precisión la fecha y el sentido del busto, la herencia que recibimos es un mensaje de belleza y misterio simultáneamente.
Mi plática, que me atrevo a pronunciar ante distinguidos ginecólogos no tiene otro propósito que poner de relieve dos cosas: ciertos aspectos médicos antiguos, sobre todo griegos, y el empeño continuo de la mujer por conquistar un sitio de igualdad junto al hombre. De allí el título: ginecología y feminismo. Si la primera disciplina se ocupa de los problemas médicos inherentes a las mujeres, es decir. Se mantiene en el terreno científico, la lucha continua del sexo femenino ha sido una especie de carrera de obstáculos a partir del momento, cronológicamente desconocido, en que el matriarcado fue sucedido por el patriarcado.
Que solo se vea en mi intento el interés humanístico que despierta en mí la posición correlativa de mujer y hombre en las sociedades antiguas, modernas y contemporáneas, aunque bien sabemos por experiencia cotidiana que en la actualidad no hay sitio vedado para mujer alguna. Pero precisamente por el desequilibrio que padecieron durante muchos siglos, el asunto toca tanto a la historia como a la sociología y ya en el terreno científico, a la ginecología y la obstetricia.
Fanereta. La madre de Sócrates, era comadrona y el arte que ejercía se  llamaba mayéutica. De allí que el gran filosofo, tomando el nombre técnico de la profesión materna, lo empleo para denominar a su procedimiento de averiguación de la verdad. Se trataba, como si se asistiera a un parto, de extraer del interior de sus contertulios la opinión que tenían sobre diversos temas. Así pues que, en el terreno de la filosofía más ilustre, se ve inundado el campo femenino; las ideas van a surgir del cerebro humano de la misma manera que el producto brota del vientre fecundado. De una vez por todas quiero dejar sentado que, a pesar de que en la vida cotidiana de la antigüedad, la mujer fuera postergada, el concepto general que se tenía de ella no era de ninguna manera de un ser inferior: se trataba simplemente de que la mujer tenía capacidades especificas para ciertas tareas que Ir competían y que el hombre no podía desempeñar.
Con el decurso del tiempo ha quedado de sobra demostrada la gran capacidad que pueden tener las hembras para la especulación filosófica, las labores sociales, las matemáticas y las ciencias en general. Solo quiero citar un caso de los tiempos modernos: Marie Curie, una de las luminarias de las ciencias exactas que mereció recibir dos veces el premio Nobel. Grecia dio a luz una resplandeciente mitología en la que estaban representadas las mujeres en sitios eminentes. Hera, cónyuge de Zeus, prevalece en el panteón de la gentilidad. Su nombre latino, Juno, la confirma en ese sitial.  Otras diosas ilustres son Afrodita, cuyos favores buscaban y seguimos buscando todos los hombres, era la suma de la belleza y la fascinación. Artemisa, originalmente diosa de la cacería y de la fauna salvaje, también ayudaba a las mujeres en los partos; era deidad tutelar de la virginidad y las jóvenes se acogían bajo su protección como si se tratara de la más eminente ginecóloga. Otra diosa, Higia, presidia la salud y los médicos se encomendaban a ella. Por ende, desde las deidades olímpicas hasta las mujeres comunes, el sitio que ocupaba esta mitad de la humanidad no era despreciable. Sin embargo, en la vida cotidiana el sexo bello tenía muy coartadas sus libertades porque los hombres consideraban que su papel exclusivo residía en las labores domesticas y el cuidado de los hijos. No tenían acceso a la educación y a partir de Filon de Alejandría, el erudito judío de lengua griega, se les atribuyo en exclusiva la sensibilidad, en tanto que al hombre se lo distinguía con el intelecto.
Toda sociedad humana es, por definición, contradictoria y la griega no  escapa a esta regla. Platón, quizás e1 más grande filosofo de la humanidad,  eligió a la semidivina Diótima de Mantinea para elevar el amor sexual a la categoría de pasión divina. La mujer. Por consiguiente, es merecedora del amor  espiritual, que conlleva naturalmente una admiración sin límites y un respeto  equivalente.
En la Provenza del siglo XII esta adoración por la mujer fructifico en grandes poemas y en una actitud humana muy digna de recordar: los caballeros sin tacha que se lanzaban a las grandes aventuras y a realizar proezas nunca vistas para enaltecer de este modo a su amada. En el propio don Quijote de la Mancha encontramos, con un sesgo de ironía, la misma actitud: al Caballero de la Triste Figura le tiene sin cuidado el aspecto físico de Dulcinea y es capaz de desmentir con las armas a quien hable mal de ella. ¿Y que era Dulcinea en la vida real? Había sido porqueriza, esto es, era una mujer zafia y vulgar, pero el señor Quijano, si este fue el verdadero nombre del héroe. Se enamorisque de ella y tiempo más tarde la inmortalizo con sus obras. La Beatriz de Dante o la Laura de Petrarea son otros ejemplos del idealismo masculino que eleva a la mujer a categoría propiamente metafísica.
El Alighieri la eleva a tal altura que su amada tiene derecho a mostrar de algunos cielos, aunque debe ceder: el puesto al mistico San Bernardo. Los sonetos; de Petrarca siguen conmoviendo. En pleno, siglo XXI, para cualquier ser humano de sensibilidad despierta. El elogio a la mujer no se ha escatimado jamás. En las artes en general el sexo femenino ocupa un lugar de privilegio. Pero no se acaban aquí las excelencias de todo tipo que se atribuyen a las mujeres: el alma misma, a la que los griegos atribuyeron inmortalidad inherente a la misma, fue femenina. ¿Donde se encuentra. Pues, el papel menor que las mujeres desempeñan en la sociedad?
 En lo que actualmente se llamaría "derechos humanos". La limitación fundamental de las mujeres en la antigüedad, con muy escasos ejemplos de excepción, como Safo e Hipatia; era la dependencia, porque Vivian la vida social sin la plena libertad que merecían, aunque fuera a costa de soportar obligaciones y atribuciones iguales a las de los hombres. Sin embargo, en los dos ilustres casos que he citado, el desenlace es trágico. La gran poetisa Safo, una de las glorias de la lirica griega, parece haber tenido amores con otro poeta importante, Alceo, pero también la fama póstuma la ha acusado de relaciones homosexuales y en la actualidad decir lesbiana (de Lesbos provenía esta mujer) suele ser peyorativo. En otra versión, también dudosa, la gran escritora se suicida por sus cuitas amorosas. Y esta autoinmolación se atribuye a un hombre. El genio deslumbrante de Hipatia, extraordinaria matemática y científica alejandrina mereció la envidia de un fanático cristiano que no tuvo; empacho en azuzar a otros, tan indignos como el, y lanzar sobre la genial mujer una jauría de perros bravos que la despedazaron. Estos negros antecedentes siguen pesando sobre las buenas conciencias. Y mejor no aludir siquiera a las ablaciones de que son víctimas las mujeres en algunos países islámicos. Pero por su parte, la ciencia médica, encabezada por Hipócrates y su escuela, dedico muchos desvelos al estudio del funcionamiento del cuerpo femenino, tan diferente del nuestro. No lo podemos separar de las ideas prevalecientes en su tiempo, aunque verdaderamente haya sido del todo científica la actitud del llamado padre de la medicina.
 Hasta podría decirse que en sus escritos hay ocasionalmente ciertos rastros de consejas populares. La menstruación, por ejemplo, fenómeno fisiológico que no aqueja a los hombres, fue de inmediato objeto de su estudio. Pero cuando los médicos antiguos observaron la periodicidad del menstruo. La cotejaron de inmediato con el ciclo lunar y le dieron un nombre derivado de los días que separan entre sí a las lunaciones: mes en griego, se dice  (men-menos) de donde deriva el latín mensis y aunque los periodos no duren exactamente todo ese ciclo, la recurrencia del sangrado en la mujer tomó su nombre de allí.
Nace entonces una suposición poéticamente valida, pero falsa en la realidad: la íntima trabazón de las mujeres con la luna y la luna, hay que recordarlo, es arma de dos filos. No en balde a alguien que no está en sus cabales se le dice lunático. Una de las advocaciones fundamentales de la luna en la antigüedad, Hécate, era diosa nefasta y asesina. Así iremos encontrando en esta plática que lamento que sea tan desordenada, diversos ejemplos en pro y en contra de las mujeres. Sin embargo, Hipócrates y la escuela hipocrática dedico muchos desvelos a conocer mejor a la mitad femenina de la humanidad.
 Del abundantísimo conjunto de escritos atribuidos a Hipócrates extraigo un caso interesante: "En Ia ciudad de Larisa, una muchacha sufrió una fiebre ardiente y viva; tuvo insomnio y padeció sed: tenia la lengua áspera y seca, la orina de buen color, pero tenue. Al segundo día padeció un malestar general e insomnio. Al tercero tuvo deposiciones abundantes  y acuosas, color de hierba: las mismas evacuaciones se repitieron los siguientes días acarreando consigo cierto alivio. El cuarto día, la enferma orino tenuemente y en pequeña cantidad, pero durante la noche padeció alucinaciones. A los seis días se le presento una epistaxis abundante y. después de un escalofrió, sudo en abundancia un sudor caliente general: se retiro la fiebre y se evaluó la enfermedad. Durante la fiebre e incluso después de la crisis, las menstruaciones continuaron: era la primera vez  porque esa muchacha no era núbil. En todo el curso enfermedad padeció nauseas, calosfríos, el rostro presentaba rubicundeces, le dolían los ojos y sentía la cabeza pesada. Está enferma no tuvo recidiva, pero la solución fue definitiva: los sufrimientos se representaban en los días pares. (Tratado de las epidemias III)”
El método científico de la observación sistemática de la evolución de una enfermedad aparece aquí en todo su esplendor. Como puede observarse, Hipócrates procedía con sumo cuidado y estaba siempre pendiente de la evolución del padecimiento. Hay desde luego, una buena dosis de empirismo en sus diagnósticos. De cualquier manera a el se debe la conversión de tratamientos fruto del azar hacia una disciplina verdaderamente científica. También en sus escritos encontramos las primeras formas del pronóstico medico, como por ejemplo cuando dice: "Algunas veces hay nubecillas que aparecen en la orina: se han de considerar buenas si son blancas, pero si son negras son nocivas". (Libro de los pronósticos. XXIX).
Para Sorano de Efeso, uno de los grandes ginecólogos de la historia, el único sistema valido de diagnostico de las enfermedades femeninas era el tratamiento directo del padecimiento, más que el estudio de la etiología del mismo. Por ello se lo llama fundador de la escuela metódica, ya que definió su profesión diciendo "la medicina solo es el conocimiento de generalidades evidentes''. Se enfrentaba por igual a los empiristas, guiados solo por la práctica cotidiana, como a los dogmaticos que elaboraban doctrinas de índole general que en algunas ocasiones no tenían aplicación a la mujer. Si no estoy equivocado, esta pugna de vista contrarios respecto a la materia médica sigue vigente. Sin embargo, la experimentación. Los análisis y los aparatos cada día mas precisos y refinados han ido haciendo a un lado todo lo azaroso que tenía un diagnostico clínico que se basaba más que nada en el buen ojo del galeno.     
Hemos hecho una búsqueda detenida del instrumental médico ginecológico de la antigüedad y para un neófito como yo parece tratarse de la antesala de la cámara de tortura de cualquier inquisidor. Podría decir que se trata de las celdas en que se refocilaban en el dolor ajeno monstruos morales como Giles de Raíz, que origino la leyenda de Barba Azul, la tristemente célebre condesa Erzsebet Bathory, apodada la Drácula húngara y el no menos cruel rey Ferrante de Nápoles. Que se recreaba infligiendo el mismo los castigos en los más-morra de sus castillos.
Creo que las imágenes habían por sí mismas con mayor elocuencia que yo. El titulo de mi plática es ginecología y feminismo. Algún dato más o menos curioso quizás puedan ustedes encontrar en lo que llevo dicho. No quiero dejar de subrayar, por ejemplo, que el más famosos tratadista de medicina de la roma tardía. Celso era en realidad un enciclopedista que se ocupo de otros muchos asuntos lejanos del arte de curar. Galeno, por su parte, tuvo una suerte similar a la de Américo Vespucio, pues su nombre se ha hecho sinónimo de médico, postergando al creador de la disciplina científica, Hipócrates. el padre. La suerte preside los destinos de todos los seres humanos y ni siquiera los genios pueden escapar de sus veleidades.
Ahora bien, mucho antes de la sufragistas, a caballo entre los siglos XIV y XV, una notable escritora de origen veneciano, pero de lengua francesa. Cristina de Pizan, lucha para reivindicar con inteligencia y cultura el sitio de respeto, equidad y espíritu de colaboración que debe privar en la relación entre los dos sexos. Su libro, llamado “La ciudad de las damas'' parece acabado de escribir: sin tapujos ni miedos acomete temas como la violación, el derecho de las mujeres al conocimiento y la igualdad de los dos géneros en que la humanidad está dividida. Es más, utopista antes de Moro, erige esa privilegiada ciudad exclusivamente femenina que ni siquiera las mujeres de nuestros días han ideado.
Bajo tan ilustres auspicios hablaré de temas femeninos. ¿Qué tipo de ciudad es el que propone Cristina de Pizán? Educada en la corte de Francia y propensa al estudio de la antigüedad, su cultura es muy amplia y gracias a este hecho hace una propuesta verdaderamente conmovedora y original: asesorada por tres deidades, la Razón, la Derechura u Honestidad y la Justicia puede percibir como la verdad sufre en labios de los hombres y tras enumerar muchos casos de mujeres ilustres en todas las ramas de la actividad humana, las diosas deciden orientarla en la construcción de la Ciudad de las Damas. A pesar de su alcurnia, no vacilan en ayudarla con el mortero y la pala, el nivel y la llana. Sera una ciudad de altas y broncineas torres y solo podrá albergar a quienes merezcan tanto honor. A lo largo de este libro. La autora despliega una rara erudición al ir mencionando casos diversos de mujeres ilustres. Finalmente, llega el momento en que debe inaugurarse tan insólito monumento. Y Cristina dice:
"A lo largo de las anchas calles de la ciudad de las damas ya se levantan altos edificios. Magnificas mansiones y palacios, tan altas torres y atalayas que pueden divisarse desde lejos. Ahora es tiempo de poblar esta noble ciudad para que no se quede vacía como una villa muerta. Al contrario. Esta toda ella habitada por mujeres y de gran merito, porque son las únicas que queremos aquí. ¡Que felices vivirán las damas de nuestra ciudad! No tendrán quo temer ser expulsadas por ejércitos extranjeros. Porque la obra que hemos ido construyendo tiene una propiedad especial la de ser inexpugnable. Ahora empieza la era del nuevo reino de femineidad, muy superior al antiguo reino de las amazonas, porque las damas que habiten aquí no tendrán que marcharse para concebir y dar a luz a nuevas herederas que mantengan sus posesiones y perpetuán su linaje. Quienes se alojen aquí, ahora, vivirán en esta ciudad eternamente”. (XII).
Ciudad utópica y deseable. Justa y amena, la de Cristina de Pizan es un acabado ejemplo del humanismo prerrenacentista y es la primera llamarada de un feminismo articulado e inteligente. Lo más agudo y sutil de su proposición es precisamente la idealidad de tal ciudad. Al iniciar el proyecto se conviene en que el ingrediente principal de la construcción será la tinta. Nada más claro y contundente. Es una fabrica ideal, un refugio para los sueños, pero no solo de las mujeres, ya que la réplica de una sociedad perfecta o casi perfecta llego poco tiempo mas tarde en la pluma de Tomas Moro: la Utopía. De manera que la primera forma importante que alberga el Medievo acerca de la posibilidad siempre a la mano, pero siempre remota, de que podamos convivir en paz, proviene de una mujer iluminada.
Pero ¿cómo no remontarnos un poco antes de esta excepcional mujer para tributar nuestro homenaje a uno de los seres humanos de más altos privilegios y más variadas capacidades? Hildegard von Bingen, la Sibila del Rin, podría ella solo llenar todo un capítulo de la excelsitud de la edad media. Fundadora de conventos, asesora política de los poderosos, botánica, zoóloga, naturalista en general, fue también filósofa, música y mística. Es muy difícil, si no imposible, encontrar otro espécimen de esta envergadura. Para fortuna de la  humanidad lego un abultado conjunto de escritos y de incomparables obras musicales. En sus visiones arrebatadas. Sentía sobre ella el poder irrebatible de Dios y al obedecerlo escribía sus obras literarias incomparables y componía música de trascendencia extraordinaria. Uno de sus escritos, llamado Scivias, es decir "Conoce los caminos" es una enciclopedia medieval. Puede decirse de ella, como de otras dos mujeres que voy a mencionar a continuación para no alargar excesivamente mis palabras, que son honra y prez del género humano.
Teresa de Cepeda y Ahumada, mejor conocida como Santa Teresa de Ávila. Escribió en un español de extraña pureza y reciedumbre muchas obras que atañían a sus intereses de monja, Pero su poesía, fluyente y sencilla, encierra verdades místicas trascendentes:
 Vivo sin vivir en mí
 Y tan alta vida espero
 Que muero porque no muero.
 Teresa de Ávila concibió también un reducto de paz para el alma: las Moradas Interiores, obra impar solo comparable con los delirios místicos de San Juan de la Cruz, El místico es un prófugo que vive en el mundo sin saber qué camino tomar. Teresa marca pautas y dice: “No habéis de entender; hermanas, que siempre en un ser están estos efectos que he dicho en estas almas que por eso adonde se me acuerda digo lo ordinario; que algunas veces las deja nuestro Señor en su natural, y no parece sino que entonces se juntan todas las cosas ponzoñas del arrabal y moradas de este castillo para vengarse de ellas por el tiempo que no las puedan haber a las manos. Verdad es que dura poco: un día lo más, o poco más; y en este gran alboroto, que procede lo ordinario de alguna ocasión, se ve lo que gana el alma en la buena compañía que está, porque la da el Señor un gran entereza para no torcer en nada de su servicio y buenas determinaciones, sino que parecen le crecen, y por un primer movimiento muy pequeño no tuercen de esta determinación.”
Acosada por las tentaciones, la santa sabe triunfar y trazar la línea que deben seguir sus adeptas para encontrar la vía a Cristo. Por estos escritos iluminados y por las muchas fundaciones que hizo, Teresa de Ávila es doctora de la Iglesia. No solo eso: su autobiografía, sus poemas y algunas simples recomendaciones disciplinarias forman parte de la gran literatura española.
No quiero terminar mis palabras que, a fin de cuentas, se han convertido en una incendiada apología de los meritos femeninos, sin mencionar a una de las glorias más limpias y brillantes de nuestro pretérito. Juana de Asbaje y Ramírez de Santillana, cuyo nombre claustral es sor Juana Inés de la Cruz asombro a propios y extraños con su precoz sabiduría enciclopédica. Hermosa, inquieta. De una mentalidad sorprendentemente ágil. Quizás por una decepción amorosa o algún hecho similar, decidió tomar los hábitos de San Jerónimo y profesar en su convento. La inquietud intelectual de sor Juana estuvo siempre tan despierta y tan ávida de nuevos conocimientos que ella misma confiesa que no le daba tregua, que incluso cuando estaba desempeñando por obediencia alguna labor menor. Como batir huevos. Comenzaba a especular porque leyes físicas se daban las transformaciones consistentes en la mezcla de la clara y la yema. Un tema tan baladí y otros similares estimulaban su genio de amplitud enciclopédica. En su celda del convento llevo una activa vida social y del celo ferviente con que participo en obras de caridad tenemos el doloroso testimonio de su propia muerte a causa de la peste.
 Lo más popular de sor Juana, y con sobrada razón, es su poesía que empleaba lo mismo el español que el náhuatl o el latín. En pleno siglo XVII, cuando el soneto campeaba por sus fueros en todo el mundo de habla española, los de sor Juana son modelo de perfección y atildamiento. No hablemos de sus disquisiciones acerca de cuál fue la mayor finura de Cristo porque no sumergiríamos en una inacabable disquisición teológica. Pero si hay que recordar que su refinado pero aguerrido Feminismo nos dejo las celebres Redondillas, acusación lógicamente irrecusable de las acechanzas del hombre a la mujer. La dimensión de su genio se encuentra expresa en uno de los poemas más excelsos de la lengua española: el primer sueño, especulación cósmica cuyos polos son el hombre y la infinitud. No vacilo en afirmar que este poema tiene la misma talla de monumentos liricos tan grandes cono el canto general de Chile, de Pablo Neruda, Alazor, de Vicente Huidobro, o muerte sin fin de Jose Gorostiza, sin omitir. Por supuesto. Piedra de sol. De Octavio Paz. He señalado algunos de los momentos cúspides del talento de las mujeres. Solo me queda añadir que, independientemente de su realización vocacional o profesional, como compañeras de nuestra vida son insustituibles. Rile decía que el matrimonio perfecto es la convivencia de dos soledades que se respetan recíprocamente. Tenía razón y ese es el ideal humano.